Publicado en Bitácora

El robo inmoral de Iberdrola a unos ancianos

Josefina y Julián son un matrimonio de ancianos de 86 y 87 años respectivamente. Viven en su piso de 40 metros cuadrados con un único dormitorio, la medicina les confirmó el capricho de la naturaleza: no podían tener hijos. Pero no era la única desgracia que les esperaba, Josefina empieza a tener un Alzheimer muy avanzado, enfermedad que enterró a su hermana Pilar, mi abuela. Julián hace lo posible por cuidar de ella pero la situación empieza a ser muy complicada y sus fuerzas muy escasas.

En esto que reciben la llamada de un avispado comercial de Iberdrola que pretende hacerles una rebaja muy seductora en su factura de la luz. Julián sólo escucha ventajas y acepta el cambio desde su antigua compañía con la que nunca tuvo problemas. Pero no es oro todo lo que reluce, y engañar a un abuelo siempre ha sido harto sencillo.

La primera factura de Iberdrola debería ser sustancialmente menor que las que tenían antes, pero la realidad de nuevo se ceba con la pequeña familia. El montante asciende a 3.000 euros. Así es, dos ancianos de casi 90 años gastan 3.000 euros de luz en un piso de 40 metros cuadrados. Obviamente Julián llama a la compañía para avisar del error, pero no le hacen caso y le instan a pagar la factura. Hecho que, por supuesto, se niega a realizar.

Como no podía ser de otra manera, Iberdrola no intenta siquiera investigar el fallo y les cortan la luz. Si ya es difícil cuidar a una anciana con Alzheimer, hacerlo a oscuras, sin poder cocinar y con la comida de la nevera en riesgo de echarse a perder, es algo inhumano. Así que Julián vuelve a llamar a Iberdrola explicando que es un pensionista y que no puede pagar los 3.000 euros de golpe, así que le dan la solución de pagar sólo la mitad para darles la luz, y que el mes siguiente pagara la otra mitad.

Julián acepta pagar los 1.500 euros con tal de tener el servicio restablecido mientras se investiga lo sucedido. Tras el ingreso y la consiguiente llamada, Iberdrola le dice que no vale con pagar la mitad, que si no paga todo lo que debe no le ponen luz en la casa. Desesperado por la situación y sin recursos legales ni intelectuales para proceder de otro modo, termina pagando los 3.000 euros completos.

La segunda factura es de 70 euros, algo más lógico, pero sin ser la ganga que le había vendido el primer comercial, de hecho, es más de lo que pagaba con su anterior compañía. Julián denuncia lo sucedido en la OCU y, probablemente, acabe ganando el recurso, pero ¿cuándo? ¿Dentro de 2 años? A lo mejor para entonces ni siquiera siguen entre nosotros. ¿Y el resto de ancianos a los que les hayan hecho lo mismo y no sepan ni que existe la OCU? Desalentador.

Josefina necesita unos cuidados y unas medicinas que asfixian la economía de cualquier jubilado, y tras este desembolso injustificado, injusto y descabellado, Julián no podrá darle a su esposa el tratamiento que ésta necesita. La desesperación y la impotencia se ciernen sobre el matrimonio que ha visto como son robados descaradamente y sin ningún tipo de escrúpulo.

Josefina ha perdido la cabeza, y mientras Julián lucha por no tirar la toalla, otros se aprovechan del desconcierto en el que vive un anciano que ha de cuidar de alguien que no sabe quien es ni donde está, ni tan siquiera es capaz de recordar cómo se hacen las acciones más básicas de cualquier persona como beber, lavarse o ir al baño.