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Goyo Jiménez en el Club de la Comedia: La violencia

Este hombre es mi gran ídolo humorístico. Ya os enseñé su monólogo sobre los americanos, probablemente el mejor jamás realizado y el cual he de presumir que me sé al dedillo. Goyo Jiménez vuelve a hacerlo. Vuelve a arrancarme carcajadas como ya lo hiciera en las múltiples ocasiones en las que he podido verle en directo. Dejo ya el lameculismo y paso a dejaros el vídeo de otra obra maestra suya. A reírse toca:

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Goyo Jiménez en La Chocita del Loro

Goyo Jiménez en La Chocita del Loro

Llevo mucho tiempo sin escribir, pero es que ya sabéis… la crisis! (la crisis… esa salida perfecta para escusar el hecho de no hacer algo por vagancia o cualquier otro motivo igual de políticamente incorrecto) Pero lo mejor para combatirla es tomarse las cosas con humor, y para mi, no hay mejor humor que el de Goyo Jiménez (véase una muestra).

Así que el viernes pasado estuve en La Chocita del Loro (la de la calle Hermosilla, 77) viendo su actuación. Casi dos horas de monólogo con su correspondiente descanso de 15 minutos pa mear (como él mismo afirmó). Casi dos horas de reír hasta llorar. No solo cuenta cosas graciosas, sino que chistes antiguos toman otra gracia. Eso por no hablar de la interacción con el público. Me pareció sublime y espero volver pronto.

Por cierto, en lo personal, es un tipo muy majo con el que se puede hablar y con una novia muy bajita. Gracias por la foto amigo.

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El Canon de Pachelbel está en todas partes

Creo que todos conocemos este tema compuesto por Johann Pachelbel. Es un mito de la música clásica con una gran influencia en el mundo moderno. Ya hemos visto su versión rock y es muy difícil decir que no es increíble. Pero tal es la repercusión que, si nos fijamos bien, el Canon está en todo lo que escuchamos (y no me refiero al de la SGAE). Puede sonar psicótico pero aquí está la prueba:

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Los americanos son mejores

Comienza la época de exámenes y todo se vuelve gris, por muy colorida que esté la calle, ya que tienes que encerrarte en casa y estrujarte el cerebro. Y puesto que vamos a pasar tantas horas aquí, habrá que tomarselo con humor, por eso os dejo esta joyita. A mi se me ha escapado alguna lagrimilla al ver este monólogo de Goyo Jiménez en Paramount Comedy. Sublime.

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Cuando nos enamoramos

El otro día hablando con una amiga salió el tema de enamorarse. Y la conclusión está muy clara: te vuelves gilipollas. Es así, todos lo sabemos y quizá por eso este monólogo de Gabino Diego es tan jodidamente bueno. Siguiendo con la línea de monólogos históricos os dejo el guión de este para que lo disfrutéis.


Buenas noches. Quiero hablarles del amor, porque viniendo para acá me he encontrado a un amigo que se ha enamorado locamente, y está imbécil perdido.Esto me ha hecho plantearme algunas cosas: ¿Ustedes no creen que debería existir una baja laboral por enamoramiento? ¿Acaso no te dan la baja cuando tienes depresión o cuando tienes estrés? Pues yo creo que si tú vas al médico y le enseñas un folio en el que has escrito cien veces “quiero a Marisa, quiero a Marisa, quiero a Marisa”, está claro que estás enfermo y así no se puede trabajar.

Cuando estás enamorado no es sólo que te comportas como un idiota. Es que además piensas que eres especial, que las cosas que haces no las hace nadie más en el mundo. Aunque en realidad lo que haces es repetir las mismas tonterías que hacen todos los enamorados.

Por ejemplo: el teléfono se convierte en el centro de tu vida, lo descuelgas cada cinco minutos para comprobar que hay línea. ¿Pero qué te crees? ¿Que te van a cortar la línea justo en el momento en el que te tiene que llamar ella? Hombre, los de Telefónica tienen mala leche, pero no tanto.

Cuando por fin te llama te da un vuelco el corazón y te dispones a tener una conversación muy profunda:

– ¿Qué haces?
– Nada.

Y así, dos horas de conversación profunda y otras dos para colgar:

– Bueno, pues cuelga.
– No, cuelga tú.
– Tú primero.
– No, tú.
– Contamos tres y colgamos los dos a la vez.
– Uno, dos y tres.
Y si cuelga ella, te quedas jodido y piensas que tú la quieres más. Y la vuelves a llamar:

– Oye, me has colgado.
– ¿Pero no has dicho que contáramos hasta tres?
– Sí, pero no tan rápido.

Todo cambia cuando estás enamorado. Tu escala de valores varía radicalmente. Por ejemplo, antes, el domingo se lo dedicabas al fútbol. Ahora te vas a comer con ella y la sobremesa se prolonga. Tú la miras, ella te mira, la coges de la mano, las seis de la tarde. Pero, por mucho que la quieras, eres un hombre. Y hay un momento en el no puedes más y te levantas: “Voy al servicio. No te vayas ¿eh?”

Y en cuanto no te vea, agarras al camarero y le dices “¿Eh, como va el Madrid tío?” Y con eso te quedas, porque cuando llegas al coche no puedes poner Carrusel Deportivo. No señor, estás enamorado. Hay que poner musiquita romántica. Una cinta que te has grabado especialmente para esa noche y que en un alarde de originalidad le has puesto el título de “Lentas”.

Por cierto, el coche es uno de los sitios donde más se nota lo tonto que te has vuelto con esto del amor, porque por primera vez, en lugar de desear que se ponga en verde, quieres que cambien a rojo para darle un beso: “Uy rojo, muá”.

Tampoco te importa que te piten cuando se pone verde, porque te sientes superior. Le haces una sonrisita a tu pareja y sigues. Y no te queda más remedio que volverte fino. Cuando estás enamorado practicas mucho el conocido deporte de aguantarte los pedos. ¡Pedos delante de ella ni uno! Ni en el cuarto de baño, ni en la cama, ni en ningún sitio. Y en cuanto bajas a la calle y te diriges al coche. “Brrrrrr”. Vas a propulsión.

Cuando estás enamorado te comportas como un imbécil ya desde el primer momento en que la ves. Por ejemplo, si te enamoras de una chica en la biblioteca, en seguida se pone en marcha el juego de las miraditas…

Lees una línea, y la miras, pasas la página, y la miras, buscas un pañuelo, y la miras, te suenas los mocos y la miras… Y a veces, sencillamente la miras… Y es que no te atreves a acercarte… Te puedes tirar meses buscando esa frase que hará que ella caiga rendida a tus pies. Un día, por fin, la encuentras…: “Me acercaré y le diré…: Perdona ¿Te importaría no ser tan guapa, es que no puedo concentrarme en el libro”. Entonces te levantas, vas hacia ella… pero cuando te acercas sólo eres capaz de decir: “¿Me dejas un boli? Es que se me ha gastado”. Si te enamoras de una chica de fuera al separaros prometéis escribiros; y ella ya lo creo que te escribe. ¡Cartas de diez folios!… Pero te cuenta cosas de su vida en Ourense que a ti no te interesan para nada…

“Hola Paco, estoy en Ourense, está lloviendo… Acabo de llegar de clase de inglés, y estoy más aburrida… aunque el profesor es muy majo, es canadiense y lleva gafas” ¿Y a mi qué? Y de repente te pone: “Paco, tengo que dejar de escribir porque llegó mi madre” Y en la línea de abajo “Ya he vuelto, como te iba diciendo, lleva gafas…” Pues vale…

Sin embargo, nosotros cuando escribimos una carta vamos al grano: “Hola Petra: estoy caliente. Atentamente Gabino”. Y ya está.

En fin, que me voy a pedir la baja porque he visto a una chica en la tercera fila y creo que estoy empezando a enfermar. Buenas noches.

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Ella te quiere como amigo

Hace tiempo que pensaba en abrir una sección de humor y por fin me he decidido a hacerlo. Para ello he elegido el que considero el mejor monólogo de la historia. Se titula ‘Ella te quiere como amigo’ y está interpretado por Pablo Motos, uno de los más grandes con otros monólogos como ‘A mi novia no le viene la regla’ o ‘Tener una tía buena como novia’. Estoy totalmente convencido de que os hará reir esta historia ya que yo la he leído y escuchado decenas de veces y no paro de llorar.


Hasta ahora pensaba que la peor frase que te puede decir una tía es: “Tenemos que hablar…”. Pero no, la peor frase que te pueden decir es: “yo también te quiero… pero solo como amigo”.

Eso significa que para ella tú eres el más simpático del mundo, el que mejor la escucha, el más enrollado… pero que no va a salir contigo. Va a salir con un impresentable que sólo quiere acostarse con ella. Eso sí, cuando el otro le haga una putada, te llamará a ti para pedirte consejo. Es como si vas a buscar trabajo y te dicen: “Señor Fernández, es usted la persona idónea para el puesto, el que mejor vitae tiene, el más preparado… pero no le vamos a contratar. Vamos a coger a un incompetente. Eso sí, cuando la cague, ¿le podríamos llamar a usted para que nos saque del lío?”

Me pregunto, ¿qué he hecho mal? Hemos ido al cine, nos hemos reído, hemos pasado horas tomando café… ¿A partir de qué café nos hicimos amigos? ¿Del quinto? ¿Del sexto? Joder, eso se avisa ¡uno menos, y ahora me estaría acostando con ella!

Para ellas un amigo se rige por las mismas normas que un Tampax: puedes ir a la piscina con él, montar a caballo, bailar… Lo único que no puedes hacer con él es tener relaciones sexuales.

Es que si lo piensas… si para una tía considerarte “su amigo” consiste en arruinar tu vida sexual, ¿qué hará con sus enemigos? A mi me parece muy bien que seamos amigos, lo que no entiendo es por qué no podemos “follar como amigos”.

Yo creo que la amistad entre hombres y mujeres no existe, porque si existiera, se sabría. Lo que ocurre es que cuando ella te dice que te quiere sólo como amigo, para ella significa eso y punto. Pero para ti no. Para ti significa que si una noche estáis en la playa, ella se emborracha, hay luna llena, se han alineado los planetas y un meteorito amenaza la Tierra… ¡A lo mejor consigues enrollarte con ella!

Por eso tragas, porque nunca pierdes la esperanza. ¿Qué se lía con Oscar? Pues ya romperá… cuando lo hace, tú atacas con la técnica de “consolador”: “No llores, el Oscar ese es un chulo. Tú te mereces algo mejor, un tío que te comprenda, un tío que sepa estar ahí cuando lo necesitas… Que sea bajito, que sea moreno, que no sea muy guapo, que se llame Toño… como yo”.

Al menos, siendo amigo puedes meter cizaña para eliminar competencia. Es la técnica del “gusano miserable”. Cuando ella te dice:
– Ay, que majo es Paco, ¿verdad?
– ¿Paco? Es muy majo, sí… un poco bizco.
– No es bizco, lo que pasa es que tiene una mirada muy tierna.
– Sí, en eso tienes razón, me fijé el otro día, cuando miraba a María.
– No la miraba a ella, me miraba a mí.
– ¿Ves como es bizco?

El colmo es que las tías consideran que tienen una relación “superespecial” con un tío cuando pueden dormir con él en la misma cama y que no pase nada. Pero bueno, ¿lo “superespecial” no sería que sí pasara algo?

Un día después de una fiesta, te quedas ayudándola a recoger, como haces siempre, y cuando acabáis, ella dice:
– Huy, es muy tarde, ¿por qué no te quedas a dormir?
– ¿Y donde duermo?
– Pues en mi cama.

A ti te tiemblan las piernas: “¡Ésta es mi noche, se han alineado los planetas!” Al rato te das cuenta de que no son precisamente los planetas los que se han alineado, porque ella, como sois amigos, con toda la confianza, se te queda en camiseta y bragas, y tú, visto lo visto piensas: “Me voy a tener que quedar en calzoncillos… con la alineación de planetas que llevo encima”.

Así es que te metes en la cama de un brinco y doblas las rodillas para disimular. Ella se mete, te pega el culo y te dice: “Hasta mañana”. ¡Y se duerme! “Pero bueno, ¿cómo se ha podido dormir tan pronto? ¿Pero esta tía no reza ni nada?”.

¡Estas acostado con la tía que te gusta! Al principio no te atreves a moverte, para no tocar nada. Sabes que si en ese momento hicieran un concurso, nadie podría ganarte: eres el tío mas caliente del mundo. ¡Y que larga se te hace la noche! Te vienen a la cabeza un montón de preguntas: “¿Tocar una teta con el hombro será de mal amigo? ¿Y si es la teta la que me toca a mí?”. Pero después de muchas horas ya solo te haces una pregunta: “¿Seré realmente gilipollas?”.

No puedes creer que estéis en la misma cama y no vaya a pasar nada. Confías en que en cualquier momento se dé la vuelta y te diga: “Venga tonto, que ya has sufrido bastante, ¡hazme tuya!”. Pero no. A las tías nunca les parece que hayas sufrido bastante. Y mira que sufres… Porque tienes toda la sangre del cuerpo acumulada en el mismo sitio. Se han dado casos de hombres que han llegado a reventar.

Pero ahí no termina tu humillación. A las siete de la mañana suena el timbre de la puerta:
– ¡Ay, es Oscar!
– ¿Oscar? ¿Pero no le habías dejado?
– Ya te contaré, que ahora tengo prisa. Se me olvidó decirte que iba a traer su perro, porque como nos vamos a esquiar, yo le dije que el perro mejor que contigo no iba a estar con nadie. ¡Qué tu eres un amigo! Tienes mala cara, ¿has dormido bien?

Y ahí te quedas con el perro, que ése sí que es el mejor amigo del hombre.