Las Vegas: la primera impresión
05 Enero 2010 a las 12:44 por McLarenX | Se lee en 3'40 minutos.
Después de un viaje histórico de 15 horas entre Madrid y Las Vegas (Nevada), y tras salir de ese aeropuerto que parece una verbena después de haberte tomado alguna copa de más, nos disponíamos a llegar al hotel, el Imperial Palace, en todo el centro de la Strip. Pero como el aeropuerto está relativamente lejos tuvimos que coger un transporte para llegar, una especie de microbus nada barato.
Mientras recorríamos la mitad sur de la ciudad podíamos ver por las ventanas del automóvil la majestuosidad de los edificios, la sensación de estar dentro de una película, las luces hacían que se te olvidara que era de noche y que llevabas 20 horas sin dormir. Pero cuando te bajas… cuando realmente pisas el suelo de Las Vegas, tu vida cambia para siempre. Lo llaman “la fiebre”.
Estabamos ahí realmente, delante del Hotel Casino Imperial Palace, había tanto ruido, tantas luces, tanta gente moviendose para todos lados… realmente la cabeza no coordina bien lo que está sucediendo (igual en esto influyen un poco las cervezas del avión). Y entonces, tras unos segundos de estupefacción, entramos en el hotel, o mejor dicho, en el casino. Allí las cosas funcionan de otra manera, no son hoteles con casino, son casinos con hotel.
La mayor parte del edificio está dedicada al casino: máquinas con todo tipo de juegos, luces y sonidos, mesas de ruleta, dados, black jack, poker bonus (maldito ¬¬), salas especiales de bingo, apuestas deportivas, poker… Todo, todo lo que puedas imaginar está ahí, es como una ciudad dentro de otra. Y cuando ya has pasado por todo eso, cuando la tentación por el juego invade tu cuerpo, las espectaculares camareras semidesnudas te han asaltado, las tiendas de todo tipo de cosas te han desconcertado, hay un coche encima de las tragaperras, un hombre disfrazado cantando sobre una mesa te paraliza y no sabes donde estás, quien eres o que vas a hacer en los próximos 5 minutos de vida, entonces, detrás de todo eso, están las habitaciones del hotel.
Realmente la primera vez que intentas llegar a la habitación lo pasas mal, pero una vez en la tranquilidad de la zona de hospedaje la cosa cambia, ya ves que estás en un sitio normal, con pasillos normales, habitaciones normales… excepto por un pequeño detalle. Hay una máquina de hielos en cada planta, al lado del ascensor, por lo que nuestra única preocupación sería comprar bebida. Y a eso fuimos en cuanto dejamos las maletas, al fin y al cabo era viernes por la noche.
La Strip, que locura de calle. Después de andar durante un buen rato nos dimos cuenta de que el consumo de energía de la ciudad se podría comparar al de un país entero. Pero lo peor es que tantas luces parpadeando y girando a la vez de formas tan diferentes lo que consigue es que te acaben escociendo los ojos, no es broma, estás deseando entrar en algún sitio (solo hay casinos) para descansar los ojos, claro que dentro tampoco es una tranquilidad mucho mayor, pero el ambiente es diferente, hay algo en el oxigeno de los casinos que te hace encontrarte bien, relajado, a gusto, con ganas de pasar muchas, muchas, muchas horas allí.
El caso es que encontramos una tienducha en una callejuela donde vendían más o menos de todo, era como un Dia en plan cutre, eso sí, con una tragaperra en un extremo y una máquina de videopoker en el otro. Me imagino la situación: -Cariño, voy a comprar algo de comer y papel higiénico. -Muy bien, yo mientras tiro un par de dólares aquí. Y así es toda la ciudad. Juego, juego, juego, juego… y otras cosas que contaré más adelante, o no.
En definitiva, cuando llegas a Las Vegas por primera vez todo te parece tan grande, tan luminoso, tan ruidoso y tan irreal, que da igual que hayas visto películas, series, fotos o te hayas recorrido la ciudad con el Street View (sí, he hecho todo eso ¿qué pasa?) que todo se queda en nada. Estás allí como si todo aquello jamás hubiera existido antes en tu cabeza. Es realmente muy, muy difícil de expresar lo que realmente se siente. Como ya he dicho, paseando por la calle te escuecen los ojos, pero dentro de un casino estás en el paraíso absoluto, y de las piscinas ya hablaré ya…
Tal es así que el primer día, tras la noche anterior sin dormir y de fiesta extrema, 15 horas de vuelo y el primer contacto con la juerga de Las Vegas (de la que me extenderé más), llegamos al hotel a las 6 de la madrugada, bastante borrachos, y en vez de meternos en la cama, nos quedamos sentados tranquilamente en una mesa de black jack hasta que a las 8 nos dio por mirar el reloj, porque allí no hay relojes en ningún sitio, se lo montan todo genial para que no sepas que hora es, si es de día o de noche, ni cuanto tiempo llevas jugando. Y decidimos que irnos a la cama era lo más adecuado si al día siguiente queríamos ver la ciudad, pero no porque tengas necesidad de dormir. El oxigeno del casino, sigo pensando que ese aire tiene algo…
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13 Enero 2010 a las 16:18
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He llagado aquí por casualidad y me esta encantando tu relato del viaje a Las Vegas ;) Que envidia!… Y eso que a mi el tema casinos y juego no me va mucho, pero viajar SI.
Pues nada estaré atento a proximos capitulos del viaje! Saludos
14 Enero 2010 a las 18:34
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Me alegro que te guste! Tengo poco tiempo pero iré completando la hsitoria :)